La civilización del espectáculo (Mario Vargas Llosa)

Cuenta el célebre crítico británico Cyril Connolly que, años después del cierre de su revista Horizon, muchos amigos le abordaban pidiéndole la reapertura de la misma y lamentando que ya no se hiciera Literatura ni crítica como la de antaño. La aguda conclusión de Connolly era que estos suplicantes no echaban en falta aquellos libros y poemas de otra época sino la edad que tenían cuando los leían, años de formación e iniciación en los que todo deja una marca como no vuelve a ocurrir con el paso a la madurez.

He tenido muy presente esta anécdota durante la lectura de La civilización del espectáculo, la última obra hasta la fecha de Mario Vargas Llosa, un ensayo que plantea la provocadora idea de que la cultura, en el sentido que tradicionalmente se ha dado a este vocablo, está en nuestros días a punto de desaparecer.

Pero, ¿qué es exactamente lo que va a desaparecer? Cultura es un término excesivamente vago y amplio. Ciñéndonos a la definición del Diccionario de la Real Academia, entendemos por tal el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.” Imposible que desaparezca puesto que la cultura es consustancial a la vida social.

Sin embargo, la cultura a la que se refiere Vargas Llosa en su ensayo es otra cosa. Para clarificar los conceptos, comienza por hacer un repaso a la idea que al respecto tenían algunos pensadores del pasado siglo.

T.S. Eliot liga la cultura a las élites (no necesariamente a las clases altas, aunque en muchos casos venga a ser lo mismo), a una minoría selecta que garantice la alta calidad de esa cultura. Pero el espejismo de una cultura elevada, de unos principios en que se sustenta, queda en entredicho ante la barbarie que esa misma cultura ensalza o encubre. La destrucción y el asesinato colectivo y en masa que conforman gran parte del siglo XX en Europa revelan que la cultura ha cedido su papel, va quedando arrinconada al mundo de los especialistas batiéndose en retirada en su afán de explicar el mundo, según señala Steiner. 

La técnica despliega su influencia en los más variados ámbitos y también en el de la cultura. La difusión de ésta durante la segunda mitad del siglo XX nos lleva a un concepto revelador del nuevo tiempo: la masificación. Cualquier manifestación cultural está al alcance del público general. Y junto a ello, llega también la banalización de la cultura. Todo parece ser cultura, desde un concierto a un cómic, desde una fotografía a una película. Para nuestro autor, vivimos en la civilización del espectáculo, un tiempo en el que el primer valor es el entretenimiento, el escapismo expuesto a las masas gracias a los nuevos medios de comunicación. El espectáculo en el que vivimos requiere de una inmediatez y de una simpleza capaz de igualar a todos sus destinatarios por su nivel más bajo. La frivolidad ha tomado el relevo a la reflexión y a la decantación del pensamiento.

Las más altas expresiones de la cultura (alguno de los ejemplos empleados por el autor son Kant, Proust o Rembrandt) quedan totalmente al margen del nuevo orden cultural en el que sólo es visible lo que se televisa o aparece en las redes sociales, quedando el resto arrumbado en un oscuro silencio ominoso.

Unido a ello, se suma la desaparición del intelectual como pieza clave de las sociedades occidentales, poseedor de un pensamiento por el que se gana el respeto de sus conciudadanos que le otorgan el papel de referente, auctoritas. Opina Vargas Llosa que, junto al desprestigio que la figura del intelectual sufrió al apoyar los diversos totalitarismos del siglo XX, el principal motivo del deterioro de su posición es la falta de vigencia del pensamiento en nuestras sociedades. Si su papel es elaborar reflexiones en discursos articulados y coherentes, nada tienen que hacer en un tiempo en el que solo se atiende a la imagen y en el que todo parece caer en el olvido al poco tiempo. 

Sin creadores capaces de ofrecer obras fruto de la experiencia y herederas de una larga tradición, sin intelectuales capaces de denunciar con sentido la frivolidad de la realidad en que vivimos, el ciudadano sólo puede volverse a lo que los medios le ofrecen, carente de más referencias que las ya extintas de tiempos pasados. En suma, la cultura, tal y como la entiende Vargas Llosa, no será capaz de sobrevivir al no poder cumplir con su papel vivificante.

Hasta aquí lo que podríamos definir como núcleo esencial de La civilización del espectáculo. Los capítulos siguientes dan fe de la extensión del mismo fenómeno a mundos tan dispares como la política, la moral, la educación o la religión.

Sin duda, La civilización del espectáculo es un texto provocador. En él se recoge una tesis general (la frivolidad y predominio del entretenimiento y goce personal) con la que la mayoría estará de acuerdo pero cuya concreción puede no resultar tan pacífica.

Los ataques al arte moderno, su postura respecto a la prohibición del velo (y la correlativa defensa del crucifijo en las aulas en sendos artículos de imprescindible lectura), el rechazo a la actual literatura (que denomina light, en el mejor de los casos) son tal vez las partes más visibles, pero no las únicas, objeto de polémica.

En efecto, Vargas Llosa sostiene que la Literatura de otros tiempos era mejor. Nadie duda de que Víctor Hugo (un ídolo para el autor) fue un titán, pero el siglo XIX sólo dio unos pocos como él. No olvidemos que junto a Stendhal o Goethe, escribieron cientos de autores hoy ya olvidados por el escaso mérito de su obra. ¿No daremos esa oportunidad a nuestro tiempo? Creo que el futuro nos verá como coetáneos de Philip Roth o Cormac Mcarthy y que dentro de cien años nadie sabrá quién fue Dan Brown.

No comparto la idea de Vargas Llosa de que ahora se puede leer más que hace cien años pero lo que se lee es peor. Sin duda, muchos leerán obras de escaso mérito (igual que ocurría antes) pero hoy se venden en un año más ejemplares de cualquier obra de Dostoievski que los que pudo vender en vida.

No creo que los visitantes de museos sean exclusivamente autómatas que hacen un circuito de aquello que se supone que se debe ver y contemplar para luego contarlo de regreso al hogar. ¿Acaso todos los visitantes de museos de otros tiempos eran amantes y conocedores del arte?¿No había entre ellos snobs, aburridos viajeros e ignorantes adinerados?

Las páginas webs de algunos museos ocupan posiciones muy importantes en los ranking de visitas y proyectos como Google Art Project evidencian que en la soledad de nuestros hogares también demandamos y consumimos cultura tal y como la entiende Vargas Llosa.

Las nuevas tecnologías han cambiado nuestro modo de ver y entender lo que nos rodea. Asociar el e-book con el fin de un mundo libresco de amantes de la buena literatura es como pretender que Gutenberg acabó con toda forma de arte por llevar sus libros a un mayor público y a un menor precio que el de la época del pergamino.

El tiempo nos trae perspectiva y permitirá saber cuánto de cierto tiene el vaticinio de Vargas Llosa. Pero como a nadie le gusta perder su juventud (la mucha o poca que nos quede) para satisfacer su curiosidad, entre tanto. la lectura de La civilización del espectáculo nos ofrecerá una buena dosis de argumentos inteligentes que defender o desafiar.

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